Premiada en la Festival de Venezia 2006 y rodada integramente en MiniDv, "Inland Empire" es un film único que sigue la lógica de los sueños con un final más abierto que nunca. La mente vuelve a ser el escenario. Como lo fue en aquel hipnótico primer film, Eraserhead, en el que David Lynch nos hacía aterrizar literalmente en la cabeza del atormentado protagonista. Desde entonces, ingresar en una película suya significa saltar sin red en un mundo ficcional que destruye todas las coordenadas conocidas del espacio y el tiempo.
Imperio explora el inconsciente, para perseguir fantasmas, para hurgar en lo más oscuro, para tensar -entre carcajadas- la cuerda que ata el deseo a la ley, y el instinto a la razón. Porque ese delirio que está afuera, en la cultura, o en aquello que por convención llamamos “la realidad”, no es más que un producto del infierno ontológico que abrasa al ser humano. Volvámonos hacia adentro, hacia el agujero negro, para extraer lo siniestro, parece arengarnos Lynch, como si fuera un arqueólogo aventurero con espíritu freudiano.
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